En algún lugar escondido, entre las montañas de lo que hoy conocemos como
Norte de España, habitó temporalmente un grupo de seres muy peculiares. Se
trataba de un poblado de humanos prehistóricos, que hicieron de una red de
cuevas, su humilde hogar.
Básicamente vivían para buscar comida y dormir. Cada familia tenía su
pequeña caverna y a cada cuál olía peor. Los restos de hueso y piel se podían
ver posicionados estratégicamente según el lugar dónde mejor le pareciera
tumbarse a estos individuos. Si se mezcla con la poca predisposición que tenían
al baño, imagínense tal hedor.
Pero este relato no trata de cómo habitaban los seres primitivos, sino de
uno en concreto. Nuestro hombre se llamaba Krunk. Tenía una cabeza tan grande
como la anchura de sus hombros, incluso más. Era muy terco y mal humorado, le
encantaba llevar la contraria a los demás, menos a su amada mujer Kugula. Sólo
tenía que abrir su boca y el bobo de Krunk ya estaba postrado a sus pies.
Un día, a media tarde, Krunk se encontraba roncando sobre una dura piedra,
cuando Kugula comenzó a vociferar como una loca: ¡Deja de dormir ya holgazán!
Que no comemos carne fresca desde hace dos lunas. ¡Ve al bosque a cazar si no
quieres que te cace yo!
¡Ahora mismito, bigotito mío! ¡Te voy a traer la pieza más grande que jamás
has visto!- Dijo Krunk, tras recuperarse del tremendo susto. Sin perder ni un
segundo, Krunk se dirigió hacia el bosque.
Aunque nuestro cavernícola era bastante estúpido, para
el arte de la caza era muy versátil y conocía muchas técnicas innovadoras para
su época.
Entre dos árboles, dónde el tránsito animal había
creado un camino natural, comenzó a cavar una trampa con el fin de cazar algún
ciervo. Nuestro robusto personaje tenía una fuerza impresionante y portaba un
garrote que podría pesar unos 20 kilos.
Cuando terminó con su acción, se apartó varios metros
y se echó a dormir. La luz brillante del atardecer se difuminaba entre las
sombras de los árboles cuando, tras un tremendo estruendo, Krunk se despertó y
corrió desmesuradamente hacia la trampa, relamiéndose sin cesar. Allí encontró
un magnífico ejemplar, un venado de gran tamaño al que golpeó automáticamente
con su garrote.
Tras la euforia de su victoria, empezó a sacar su
presa del agujero. Cuando partió hacia la caverna, con sólo unos metros
avanzado, escuchó como otra presa había caído de nuevo en la trampa. La
avaricia se apoderó de él, y volvió corriendo hacia la escena del crimen. Esta
vez no era tan ostentoso el trofeo, se trataba de un pequeño cervatillo
aturdido por el golpe.
Pensó en matarlo, pero le dio mucha lástima por lo
entrañable que parecía. Entonces decidió llevárselo a su esposa como regalo.
Como no podía con las dos presas, y una estaba viva, decidió ocultar el cuerpo
del venado entre las hojas y se apresuró en llegar a casa.
Cuando llegó, le dijo a Kugula: ¡Cariño mío, mira lo
que te he traído! A que es precioso.
Ella, con voz demoníaca respondió: ¡PERO ESTO QUE ES!
¡Con esto no tengo ni para mi sola! Y comenzó a golpearle.
Krunk, desorientado por dicha reacción, sin mediar
palabra, salió como pudo de la caverna y corrió en busca de su gran trofeo.
Pero algo iba mal, cuando se encontraba a tan sólo unos metros de su destino,
alzó la mirada y se encontró con una impactante estampa. Los gruñidos y sonido
de la carne despedazándose rompían la armonía del bosque. Se trataba de una
manada de lobos hambrientos que gracias a su fino olfato habían descubierto un
plato fácil.
La primera reacción de Krunk fue intimidarlos a base
de chillidos y golpes de garrote, pero al poco tiempo se dio cuenta de que si
no se marchaba, él sería el siguiente.
Cabizbajo y deprimido, pensando en que su vida ya no
tenía sentido, huyó hacia lo más profundo del bosque. Todo su esfuerzo, de nada
le ha servido y no puede volver a casa, ya que allí le espera el animal más
temido.


No hay comentarios:
Publicar un comentario