domingo, 1 de junio de 2014

Krunk, el cavernícola


En algún lugar escondido, entre las montañas de lo que hoy conocemos como Norte de España, habitó temporalmente un grupo de seres muy peculiares. Se trataba de un poblado de humanos prehistóricos, que hicieron de una red de cuevas, su humilde hogar.

Básicamente vivían para buscar comida y dormir. Cada familia tenía su pequeña caverna y a cada cuál olía peor. Los restos de hueso y piel se podían ver posicionados estratégicamente según el lugar dónde mejor le pareciera tumbarse a estos individuos. Si se mezcla con la poca predisposición que tenían al baño, imagínense tal hedor.

Pero este relato no trata de cómo habitaban los seres primitivos, sino de uno en concreto. Nuestro hombre se llamaba Krunk. Tenía una cabeza tan grande como la anchura de sus hombros, incluso más. Era muy terco y mal humorado, le encantaba llevar la contraria a los demás, menos a su amada mujer Kugula. Sólo tenía que abrir su boca y el bobo de Krunk ya estaba postrado a sus pies.

Un día, a media tarde, Krunk se encontraba roncando sobre una dura piedra, cuando Kugula comenzó a vociferar como una loca: ¡Deja de dormir ya holgazán! Que no comemos carne fresca desde hace dos lunas. ¡Ve al bosque a cazar si no quieres que te cace yo!

¡Ahora mismito, bigotito mío! ¡Te voy a traer la pieza más grande que jamás has visto!- Dijo Krunk, tras recuperarse del tremendo susto. Sin perder ni un segundo, Krunk se dirigió hacia el bosque.

Aunque nuestro cavernícola era bastante estúpido, para el arte de la caza era muy versátil y conocía muchas técnicas innovadoras para su época.

Entre dos árboles, dónde el tránsito animal había creado un camino natural, comenzó a cavar una trampa con el fin de cazar algún ciervo. Nuestro robusto personaje tenía una fuerza impresionante y portaba un garrote que podría pesar unos 20 kilos.

Cuando terminó con su acción, se apartó varios metros y se echó a dormir. La luz brillante del atardecer se difuminaba entre las sombras de los árboles cuando, tras un tremendo estruendo, Krunk se despertó y corrió desmesuradamente hacia la trampa, relamiéndose sin cesar. Allí encontró un magnífico ejemplar, un venado de gran tamaño al que golpeó automáticamente con su garrote.

Tras la euforia de su victoria, empezó a sacar su presa del agujero. Cuando partió hacia la caverna, con sólo unos metros avanzado, escuchó como otra presa había caído de nuevo en la trampa. La avaricia se apoderó de él, y volvió corriendo hacia la escena del crimen. Esta vez no era tan ostentoso el trofeo, se trataba de un pequeño cervatillo aturdido por el golpe.

Pensó en matarlo, pero le dio mucha lástima por lo entrañable que parecía. Entonces decidió llevárselo a su esposa como regalo. Como no podía con las dos presas, y una estaba viva, decidió ocultar el cuerpo del venado entre las hojas y se apresuró en llegar a casa.

Cuando llegó, le dijo a Kugula: ¡Cariño mío, mira lo que te he traído! A que es precioso.
Ella, con voz demoníaca respondió: ¡PERO ESTO QUE ES! ¡Con esto no tengo ni para mi sola! Y comenzó a golpearle.

Krunk, desorientado por dicha reacción, sin mediar palabra, salió como pudo de la caverna y corrió en busca de su gran trofeo. Pero algo iba mal, cuando se encontraba a tan sólo unos metros de su destino, alzó la mirada y se encontró con una impactante estampa. Los gruñidos y sonido de la carne despedazándose rompían la armonía del bosque. Se trataba de una manada de lobos hambrientos que gracias a su fino olfato habían descubierto un plato fácil.

La primera reacción de Krunk fue intimidarlos a base de chillidos y golpes de garrote, pero al poco tiempo se dio cuenta de que si no se marchaba, él sería el siguiente.

Cabizbajo y deprimido, pensando en que su vida ya no tenía sentido, huyó hacia lo más profundo del bosque. Todo su esfuerzo, de nada le ha servido y no puede volver a casa, ya que allí le espera el animal más temido.


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